D-4825 - R.C. Punta Chica (Argentina)
Quizás me voy muy atrás en el tiempo, pero mis recuerdos de bien niña me
llevan a unas navidades completamente nevadas, saliendo en Nochebuena en
brazos de mis abuelos para la misa de gallo.
De alguna forma el cura siempre lograba que el momento más importante, la
“Elevación” coincidiera justo con las 12 de la noche, con repiques de
campanas en las que competíamos con los pueblos de los alrededores.
(recuerdo que ante mis reproches me explicaron que nosotros no usábamos las
campanas más importantes porque el campanario ya era milenario y se temía
que si las echaban a vuelo, se caería todo).
Luego ya dormida, volviamos a casa donde habían dejado la chimenea encendida
y mientras no estábamos, el “Niño Jesus” ya había pasado y dejado sus
regalos. Además se había comido su pedacito de panettone y tomado su tacita
de leche tibia. No sé como, pero yo siempre despertaba cuando todavía no
habíamos subido los escalones del porche.
Lo principal de la casa era el pesebre sin estrella ni figuras de los Reyes
Magos, que se agregaban recién luego de haber nacido Jesús. Los Reyes
iniciaban su viaje muy lejos y todos los días se iban acercando de a poco,
guiados por la luz ya encendida de la estrella de Belén.
Colgábamos además medias en el borde de la chimenea y juntábamos leña para
que el fuego durara toda la noche de Reyes además de pasto y agua para los
camellos.
Pero los Reyes solo traían regalos para el recién nacido, Jesús.
Para nosotros pasaba esa inefable bruja, la “Befana” que era el termómetro
de nuestra conducta del año. Si ella consideraba que nos habíamos portado
bien, nuestras medias aparecían llenas de caramelos, frutas y pequeños
regalitos. Si opinaba lo contrario recibíamos carbón, cebollas, papas, etc.
Nunca el niño Jesús nos castigaría por un año de mala conducta, pero la
Befana era incorruptible, no había forma de convencerla ni promesa que
valiera.
Un abrazo para tod@s
Ida Bianchi


























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