Años de sobra “Quiero mirar con los ojos de mi edad” – Juana Bignozzi
El siglo XX hizo posible la realización de un sueñ largamente acariciado: la longevidad. La esperanza de vida casi se ha triplicado, lo que ha traído consigo dos fenómenos interesantes: el primero es la invención de una nueva edad, la juventud.
Esta etapa, antes inexistente, que nos lleva de los doce a los treinta —lapso aproximado para encontrar pareja y formar un hogar estable— acapara hoy la atención de casi todas las áreas del mercado. Se ha construido una cultura juvenil en la que destacan la música, el cine, el deporte e internet. Hoy la moda, los automóviles, los bares, las revistas, los programas, las páginas web, ¡hasta las tarjetas de crédito! se crean pensando en ese sector.
También se ha inventado la literatura juvenil que rompe records de ventas con libros en los que magos y vampiros hipnotizan a los adolescentes a lo largo de setecientas páginas. El cambio de paradigma es perceptible hasta en los más pequeñs detalles: si en el pasado los niñs eran vestidos como adultos, hoy los adultos se visten como niñs y, lo que es peor: a veces se comportan como tales.
El segundo fenómeno es la prolongación de las edades. Antes la niñez terminaba con los ritos de iniciación —alrededor de los doce o trece años— y se pasaba a compartir las responsabilidades de la edad adulta: los hombres ingresaban al mercado laboral y las mujeres debutaban en la maternidad y el trabajo doméstico. La adultez se prolongaba dos o tres décadas hasta que empezaban a sufrir los achaques de la vejez y morían.
Gracias a la alimentación, la salud pública y el auto-cuidado, la vida se alarga… y la vejez también. Después de la jubilación, a la mayoría de las personas les quedan veinte o treinta años que no estaban “contemplados” en las políticas sociales.
¿Qué hacer con gente que ha sobrepasado la “edad productiva” y, a pesar de todo, sigue viva? Terrible desatino de parte de la sociedad que incrementa la duración sin ensanchar las posibilidades. Es hora de que el Estado y la sociedad civil se planteen seriamente la forma de enfrentar este nuevo fenómeno para mitigar el miedo a la vejez y que no todo dependa de la “actitud ante la vida”.
¿Y a nivel personal? ¿Está en nuestras manos superar la idealización de la juventud y conservar el amor propio en una edad que concentra tanto desprestigio? ¿Cómo no vernos con los mismos ojos que ellos nos ven?
Cuestionando las clasificaciones que sólo registran lo cuantitativo: años, meses y días. La infancia con sus fantasías, sus traumas y sus frustraciones no es algo que se pierde, sino algo que nos acompaña durante la vida, al igual que las otras edades. Cada sujeto condensa en su persona toda su historia y si para entender a alguien necesitamos remitirnos a su pasado es porque éste lo constituye, sigue siendo parte de él.
Reconociendo la simultaneidad de las edades, aceptemos que nos gustaría parecer más jóvenes, tener piel de bebé y melena de adolescentes, pero, ¿nos gustaría actuar como ellos? ¿Reaccionar ante los problemas con lloriqueos, berrinches y soluciones inútiles o autodestructivas? A menudo escucho a gente hablar de su pasado con cierto desdén: “Si me hubieras conocido hace diez años no me hubieras saludado; era un patán”; “Antes de descubrir la meditación, yo era una histérica”. Otras veces, el sentimiento hacia aquel que fueron es de compasión —”Era tan ingenua que todos se aprovechaban de mí”— o incluso de vergí¼enza: “Si hubiera sido un poquito más seguro, no hubiera pasado por tantas humillaciones” . Estos comentarios reflejan una misma idea: soy mejor que antes.
¿Y qué es lo que nos hace mejores? No el tiempo que pasa, sino el tiempo vivido: no sólo porque tenemos más años somos más maduros —excepto algunos increíbles—, sino porque durante ese tiempo numerosas experiencias han demostrado que nuestras estrategias eran ineficientes y nos han obligado a buscar nuevas respuestas.
Algunos hemos aprendido que no todo es trabajo y otros que no todo es evasión. Hemos descubierto que, aunque no todo está en nuestras manos, podemos controlar las situaciones sin recurrir al pensamiento mágico. Los encuentros y desencuentros nos han permitido conocer mejor la naturaleza humana y evitar las agresiones gratuitas. Los éxitos con todo su desencanto y los fracasos con todas sus oportunidades nos han fortalecido, nos han enseñado la humildad y la perseverancia, y la sabiduría del mandato de Beckett: “Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”.
Pasamos la prueba. Invertimos muchos años queriendo demostrar a los demás que merecíamos su reconocimiento: al maestro, que sabíamos las tablas de multiplicar; a nuestros padres, que éramos dignos de confianza; a nuestros amigos, que destilábamos sex appeal; a la sociedad, que habíamos alcanzado el éxito; a nuestra familia, que éramos padres buenos y responsables.
Cada uno se las arregló como pudo, ya no necesitamos demostrar nada. Tal vez no logramos el éxito que creíamos poder alcanzar, pero tampoco nos importa; incluso dudamos de que eso que anhelábamos fervientemente nos hubiera hecho más felices. Somos menos esclavos de la mirada del otro y estamos descubriendo que hay una vida buena que no pasa por una calificación.
No todos podían sacar diez, algunos pasamos de panzazo, pero lo importante es que recuperamos la libertad. Cada uno ha aprendido lo que necesitaba y, a cualquier edad, es mucho lo que nos falta. Pero cuando lamentamos todo aquello que hemos perdido, sería justo valorar lo ganado. La fantasía de vivir “con los años de ayer y la experiencia de hoy” es, efectivamente, una fantasía. Y la idea de que la sabiduría se adquiere con un poco de práctica, también lo es. Sólo la existencia cotidiana, que acumula arrugas y reflexiones, grasa y cuestionamientos, nos va dando las claves para sobrevivir.













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